La Trufa Blanca de Alba

Lo que seguramente la convierte en única es la calidad de las materias primas, y entre éstas destaca la trufa blanca de Alba, una joya extraordinaria de sabor y aroma a pesar de su humilde cuna. Esta seta, parecida a una patata (Tuber magnatum pico) nace en otoño bajo tierra en simbiosis con las raíces de algunas plantas, como la encina y el álamo. Basta rallar algunas láminas crudas de este elixir para conferir un toque especial a muchos platos de la tradición cunense, aunque su máxima expresión se obtiene simplemente con el huevo escalfado o con la fondue de fontina de Aosta o de raschera degli alpeggi de Mondoví. Alrededor de la trifola, que es como en esta zona denominan a la trufa, nace la figura del trifolao, es decir, el buscador de trufas, que sale en compañía de su perro, sobre todo de noche, por bosques y matorrales, a la luz de la luna. El mito creado alrededor de estas dos figuras, humana y canina, nace de una sutil necesidad: no revelar el recorrido, los lugares donde cada año la trifola renace para goce del paladar de los gourmets y de la cartera del recolector. Por eso salen de noche, solos, en la baja y alta Langa, desde Monforte a Bossolasco y Ceva. Cada año en octubre la Fiera del Tartufo de Alba celebra el acontecimiento, invitando a degustadores, trabajadores del sector y curiosos de todo el mundo.

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